domingo, 14 de diciembre de 2014
domingo, 11 de agosto de 2013
Entre col y col, una lechuga
Ante el último atraco perpetrado en el polígono industrial, a la edil responsable de la cosa, Gloria Llinares, no se le ocurre mejor solución que instar a los empresarios a que contraten más seguridad privada; sólo le ha faltado añadir, aprovechando este ramalazo de inspiración, que las pocas empresas que continúan luchando por mantenerse en pie, continúen pagando sus impuestos y no molesten al Excelentísimo, que harto tiene, sobre todo el partido que detenta el poder, o sea: el PP, con salir al paso de la apabullante cantidad de denuncias por mala administración, gastos injustificados y presuntos casos de corrupción que gravitan sobre sus cabezas.
Esta actitud de clara desidia y desgobierno en nuestro pueblo, es el espejo fiel de lo que está ocurriendo en nuestra comunidad y en nuestro país. Estamos llegando, creo que hemos llegado ya, al extremo de que no hay actividad medianamente decente que funcione en esta malhadada piel de toro, convertida por obra y gracia de una caterva de politicastros indecentes en un pellejo manido. No se debe generalizar, pero los políticos honestos de nuestro país, que los hay, no son bastantes, o no tienen el poder suficiente para poner coto a tanto desmadre. Tenemos en España más reporteros extranjeros que durante los tres años de la ya lejana Guerra Civil. Los principales periódicos de medio mundo abren sus portadas con titulares referentes a la descomposición sistemática de nuestro modelo de vida, las malas artes ejercidas por unos gobernantes que terminarán por dar al traste con un sistema democrático que debería ser, sino el mejor, sí al menos el menos malo.
Las voces de la calle claman cada vez más por un urgente aseo en la política, una humanización en lo social y más, bastante más estímulo y respeto por el trabajo, que al fin es la fuente de todo bien. Por eso, y tornando a lo más cercano, que es nuestro pueblo, que antaño nos dio trabajo y pan a tantas familias, resulta incomprensible que a ese puñado de empresas (más bien pequeñas en su mayoría, ya que si había alguna grande ha emigrado a climas más propicios) esas pequeñas y medianas empresas, digo, que se baten el cobre por mantenerse a flote contra viento y marea, se les niegue el pan y la sal, o sea: la protección que precisan y, al menos el suficiente alumbrado en sus calles para que los ladrones, los de mano armada y pasamontañas, quiero decir, no actúen con absoluta impunidad. Sería lo menos que debiera hacerse por parte de nuestro ayuntamiento, Comunidad Autonóma o quienes corresponda.
domingo, 21 de julio de 2013
El piojo verde
Unas tierras cicateras en sus cosechas e insaciables en su demanda de esfuerzo, obraban el milagro de no dejarnos morir de hambre, aunque era un sinvivir continuo ver en nuestro entorno familias de jornaleros que no todos los días podían permitirse ni unas humildes sopas de ajo. No necesitábamos nevera porque no había nada que guardar en ella, si acaso, las cartillas de racionamiento del pan, el aceite y el jabón. Nos contaban que si éramos así de pobres se debía a que El Generalísimo y los suyos nos habían salvado a la patria, pero la habían salvado mal, que habría que conquistar un régimen democrático para alcanzar un nivel de vida como el que disfrutaban nuestros países vecinos, tan europeos y modernos, ellos.
Y algo había de cierto en dicha afirmación, pues no se puede negar que en los primeros 25 o 30 años de democracia nuestro país ha progresado, casi en términos generales, más que en toda su historia. Lo lamentable, ahora, es que todo induce a pensar que nuestro declive, comenzado hace ya unos años, no tiene trazas de tocar fondo. Estamos atrapados en un cepo del que no se ve forma de escapar, más bien al contrario: cada movimiento que hacemos, o hacen por nosotros los gobernantes que nos representan, se muestra claramente encaminado a que el dogal que ciñe nuestro cuello se estreche un poco más, como si la única solución al drama estuviera en apretar las clavijas a las clases trabajadoras, como si nosotros fuéramos la causa del gran desaguisado.
Quienes recordamos aquellos tiempos de pura subsistencia, no podemos evitar el temor a que la historia se repita. Nos viene a la memoria una situación límite en la que la Sanidad, la Educación y la Justicia eran cosas de ricos, y el comer suficiente casi dependía de la Divina Providencia, el hambre suponía la peor de todas las enfermedades, la llamaban El Piojo Verde y se llevó a la tumba a miles de niños entre la infancia y la adolescencia porque no comían lo estrictamente necesario cuando más lo necesitaban, puesto que les cogía en pleno desarrollo. Por eso, cuando ahora nos cuentan, y vemos, que cada vez son más las familias que se encuentran en situaciones límite, cuando unos padres o abuelos llegan al angustioso extremo de que un niño les pida comida y no poder dársela, en tanto que los despilfarros y casos de corrupción se suceden como cosa cotidiana en nuestras administraciones públicas, la pregunta surge inquietante: en qué terminará todo este caos. Quién, o quienes nos salvarán la patria esta vez.
domingo, 12 de mayo de 2013
TESTIGOS MUDOS
Semejamos esqueletos de monstruosos pájaros mitológicos y nuestra nueva ocupación consiste en contemplar, desde la desmesurada altura de nuestras cabezas afiladas como lanzas, el paso del tiempo.
Un tiempo que ya dejó de ser el nuestro.
Con una quietud de cadáveres metálicos venimos sufriendo soles tórridos, escarchas, temporales lluviosos y todas las inclemencias de una despiadada intemperie que erosiona nuestras estructuras tras haber desnudado de pintura el recubrimiento que antaño nos proporcionaba color y cierta personalidad; ahora vestimos todas las de mi especie el óxido que nos unifica con el traje mísero de la decadencia, de la más absoluta desidia. Nos llamaron grúas, fíjense qué simpleza de nombre, si se tiene en cuenta que marcamos una época de esplendor económico que dio como fruto el enriquecimiento fulgurante de especuladores, ayuntamientos y políticos desalmados.
Hay quienes nos considera símbolos del drama que sufre el país; no sé qué pensarán mis congéneres, las otras grúas, quiero decir, pero yo les puedo asegurar que nos limitamos a trabajar como bestias, elevando y transportando por vía aérea miles de toneladas de materiales tan ásperos como pesados, nos descoyuntamos vivas trabajando de sol a sol durante años y como pago, ahora nos vemos sin una mísera pensión para siquiera subsistir, ni un techo que nos cobije y nos proteja del óxido, o sea; como la mayor parte de ustedes. También los hay que hacen mofa de nuestras formas desangeladas, sobre todo porque siendo tan altas, el motor y el mecanismo que nos dirige está casi siempre en nuestra parte trasera y a ras del suelo, por lo que aseguran que tenemos el cerebro en el culo, ¡menuda ordinariez! Al menos yo, todavía siento un pálpito de vida circular por la maraña de hierros que forman mi estructura, pues, si ustedes se fijan en mí con atención, verán como me mezo con la ayuda del viento, es un balanceo suave, porque tengo miedo de dar con mis huesos, perdón, con mis hierros en el suelo y acabar formando parte de esa confusa maraña compuesta por carretillas oxidadas, montones de puntales, planchas de encofrar, algún que otro montón de escombros y otros materiales erosionados por la inclemencia de la intemperie.
Y además pienso –aunque sea con el culo– lo suficiente para poder asegurarles que a mí se me dijo que sería una herramienta clave para obrar el milagro de que hasta los más humildes dispondrían de un techo que les diera cobijo. Si ahora ha resultado todo lo contrario, ni yo ni mis hermanas grúas hemos sido las culpables del desaguisado, de modo que no nos tilden de haber quedado como símbolos de la avaricia estúpida del ser humano.
miércoles, 1 de mayo de 2013
POR UN PUÑADO DE TRASTOS VIEJOS
En mayor o menor medida, a todos nos preocupa el aumento que últimamente se está registrando de atracos y hurtos en viviendas, áticos y casetas de campo; amén de robos o destrozos de coches en nuestras calles, una lacra que está alcanzando el triste rango de práctica cotidiana.
Del cabreo general se desprenden opiniones de toda índole, desde afirmar que a los cacos que logra agarrar la G. Civil no les hacen ni cosquillas (por una puerta entran y por la otra salen), hay quienes dicen que harían falta más Fuerzas de Seguridad o, tal vez la menos aconsejable de todas las soluciones: que cada cual defienda sus propiedades aunque sea a tiros. Endurecer las penas o castigos para estos mangantes de baja estofa daría al traste con el principio de equidad de nuestra justicia, puesto que si a un ladrón que ha robado una bicicleta en un ático, o un motosierra en una caseta de campo se le impusiera una sanción, siquiera de 20 euros o se le detuviese una semana, cuál habría de ser, en proporción, la condena que correspondería a los “aristócratas” de su oficio, quiero decir a los que ´mangan´ millones de euros a las arcas del Estado, al dinero de todos.
Se comprende que supone una auténtica temeridad pernoctar en una caseta de campo sin tener a mano algún tipo de herramienta con que defenderse, es quedar a merced de posibles maleantes, y uno de los derechos más antiguos consiste en defender casa y familia mientras nos quede una gota de sangre en el cuerpo, pero, aún así… si alguien, a pesar de hacerlo en legítima defensa hiere, o mata a un semejante, por muy ladrón que éste sea y, por más que logre justificarse judicialmente, jamás logrará justificarse ante sí mismo. Mientras viva levitará sobre su conciencia la negra sombra de haber matado a otro ser humano.
Pretendiendo que estos delincuentes no se vayan de rositas, a pesar de haber hecho del robo arte y oficio, tal vez podrían hacerles saldar su deuda con la ciudadanía con servicios sociales o reparando caminos rurales y desbrozando montes, aunque volveríamos a toparnos con el principio de equidad, pues… si a un mísero ladrón de trastos viejos le caen dos semanas de dar el callo por esos campos de Dios, qué condena tendrían que imponerles a los corruptos que nos roban millones a espuertas. Como no fuera que, además de devolver el dinero robado pasaran el resto de sus vidas limpiando las cloacas de las muchas instituciones que se nos han podrido. Sí, ya sé que sería un trabajo asqueroso, pero ellos ya están acostumbrados al hedor de podredumbre.
lunes, 11 de junio de 2012
El lobo pastor
El lobo tiene hambre, los lobos siempre tienen hambre, por eso cuando irrumpen en un rebaño matan sin tasa, más animales que los que luego podrán comer. Ahora mira el lobo cómo el rebaño reposa tranquilamente bajo la gran encina que da sombra a más de la mitad de la corraliza de zarzo, en tanto que el pastor duerme a pierna suelta bajo el destartalado porche de la majada. Es entonces cuando el lobo descubre algo insólito: ¡las ovejas no paran de masticar! Cómo es posible, si en todo el suelo del corral no hay ni una brizna de hierba, sólo una ligera capa de estiércol remolido al que los animales no le prestan la menor atención. ¡Ya está! –Cae al fin en la cuenta–: el astuto pastor se ha agenciado una raza de ovejas que se mantienen del aire, comen aire.
El lobo decide matar al pastor y a su perro, con lo que pasa a ser dueño y pastor del rebaño, en adelante vivirá holgazaneando por estos parajes mientras el rebaño come aire, y cuando le apetezca, sólo tendrá que acercarse a la corraliza y comerse alguna de aquellas reses gordas a fuerza de comer viento, que es alimento muy sano. El desastroso desenlace de la historia ya se lo pueden ustedes imaginar…
Los dioses de la Economía Mundial son una macabra réplica de nuestro cuento, pretenden (casi han conseguido ya), convertir al mundo del trabajo, al mundo productivo, en un rebaño al que no hace falta proporcionarle pastos de los que alimentarse, basta con encerrarlo en un corral y dejarlo rumiar sus miserias. El gran descalabro comenzó a gestarse en nuestro país, cuando nuestros políticos adoptaron la táctica de reubicar a sus colegas –una vez cesados de sus cargos representativos en la Administración Gubernamental, en las juntas rectoras de las cajas de ahorros, algo tan imprudente como coger a un puñado de locos y soltarlos en un pinar con un bidón de gasolina en una mano y una caja de cerillas en la otra. Está suficientemente demostrado que la casta política, salvo honrosísimas excepciones, no combina demasiado bien con ambientes en los que se maneje dinero.
Ahora nos dicen que se precisa con urgencia la friolera de 40.000 millones de euros para tapar el agujero del sistema financiero. Teniendo en cuenta asuntos como el famoso déficit, prima de riesgo, galopante índice de desempleo y acelerado ritmo de empresas y pequeños negocios que cierran sus puertas diariamente, de dónde vamos a sacar todo eso, de los riñones de los de siempre…
Una cosa tenemos meridianamente clara: esta recua de desaprensivos se nos han comido el rosco y nos han dejado el agujero. ¿O no?
lunes, 21 de mayo de 2012
¡INDIGNAOS!
El juego que se traen políticos y bancos (sobre todo cajas de ahorros) con los ciudadanos, está cantado. A estas alturas se les asoman las cartas marcadas por la bocamanga sin ningún pudor, se les ve el plumero. Las cajas de ahorros hace tiempo que arrumbaron al trastero su carácter social y cultural, quizá desde que formaron sus juntas rectoras con más de un 40% de políticos del gobierno de turno. Imagínense una granja de gallinas gestionada por zorras, o, un rebaño pastoreado por lobos. Dicen que el desastre de las cajas de ahorros viene dado por su mala gestión, pero no es cierto. O no lo es del todo, porque a los dos grandes partidos que alternativamente nos gobiernan, les ha ido de cine en el asunto: buenos sobresueldos, inversiones tan millonarias como improductivas, pero que daban lustre a su partido, amén de deudas condonadas para costosas campañas electorales, de ahí, que en España siempre salgan victoriosos los dos grandes partidos.
Por eso, cuando la vaca muestra sus ubres enjutas y nos dicen que hay que sacar de apuros a las cajas de ahorros, alegando que se hace por amparar a los pequeños ahorradores, no podemos evitar la indignación, al pensar que nos están tomando por tontos.
La indignación ante lo intragable es la única arma que nos queda a los jodidos, ese grito silencioso mostrado en varias plazas españolas que no se oyó, pero se vio y se sintió, sobre todo se sintió hasta ponernos la piel de gallina, ¿o tal vez de jabalí?
¡Indignaos! Gritó Stéphane Hessel, ante la imparable carrera de expolios que se viene perpetrando contra nuestra sociedad, decapitando bienes inalienables como la libertad, sanidad y enseñanza, logrados con muchos años de trabajo y lucha pacífica.
¡Indignaos! Nos dice J.L. Sanpedro, refiriéndose a los jóvenes que estén entre los 18 y los 80 años, porque os han comido el futuro y han ido a cagarlo a los paraísos fiscales, porque la culpabilidad del sector financiero en esta acojonante crisis no sólo nos ha conducido a ella, sino que además, no se le ven trazas de un mínimo propósito de enmienda.
Yo también me indigno desde la juventud de mis 67 eneros cuando alrededor de 200 familias cada día se ven con los trastos en la calle y pequeños negocios, pequeñas empresas regentadas por trabajadores autónomos, caen como moscas, con lo que esto conlleva de gentes que se quedan sin un jornal que llevarse a la boca. La rebeldía es lo que distingue a una sociedad de un rebaño.
Por eso, cuando la vaca muestra sus ubres enjutas y nos dicen que hay que sacar de apuros a las cajas de ahorros, alegando que se hace por amparar a los pequeños ahorradores, no podemos evitar la indignación, al pensar que nos están tomando por tontos.
La indignación ante lo intragable es la única arma que nos queda a los jodidos, ese grito silencioso mostrado en varias plazas españolas que no se oyó, pero se vio y se sintió, sobre todo se sintió hasta ponernos la piel de gallina, ¿o tal vez de jabalí?
¡Indignaos! Gritó Stéphane Hessel, ante la imparable carrera de expolios que se viene perpetrando contra nuestra sociedad, decapitando bienes inalienables como la libertad, sanidad y enseñanza, logrados con muchos años de trabajo y lucha pacífica.
¡Indignaos! Nos dice J.L. Sanpedro, refiriéndose a los jóvenes que estén entre los 18 y los 80 años, porque os han comido el futuro y han ido a cagarlo a los paraísos fiscales, porque la culpabilidad del sector financiero en esta acojonante crisis no sólo nos ha conducido a ella, sino que además, no se le ven trazas de un mínimo propósito de enmienda.
Yo también me indigno desde la juventud de mis 67 eneros cuando alrededor de 200 familias cada día se ven con los trastos en la calle y pequeños negocios, pequeñas empresas regentadas por trabajadores autónomos, caen como moscas, con lo que esto conlleva de gentes que se quedan sin un jornal que llevarse a la boca. La rebeldía es lo que distingue a una sociedad de un rebaño.
miércoles, 28 de marzo de 2012
La Pepa
La llamaron así porque nació un día de San José de hace 200 años. Con los ojos llenos de Mediterráneo y el alma agarrotada por los cañonazos napoleónicos –que dominaban al resto de las tierras hispánicas y estallaban en sus propios muros–, Cádiz alumbró la tercera constitución del mundo occidental en aquellos tiempos convulsos, regidos por el abuso del poder de las armas, el económico y el eclesiástico. Convirtió a los súbditos en ciudadanos, decretó la libertad de imprenta, abolió las prácticas infames del Tribunal Eclesiástico y acuñó que todos los españoles seríamos iguales ante la Ley, eso sí, se le pasó que las mujeres eran también seres humanos y habrían de tener los mismos derechos que los hombres, con lo que, la abolición de la esclavitud no quedó completa.
Todo quedó en una hermosa declaración de intenciones, porque, cuando volvió el monarca y se encasquetó la corona, empuñó el garrote de mando y dijo que aquí mandaban sus… derechos dinásticos, y que lo de la Carta Magna sólo había sido un lío más de los rojos. De modo que había que recobrar la cordura y gobernar como “Dios manda”, o sea: los poderosos de siempre a una multitud de hambrientos.
La Constitución que en la actualidad cimenta nuestro sistema de gobierno no se parece a la de Cádiz nada más que en sus buenas intenciones, por lo demás, nuestra monarquía permanece casi al margen de los politiqueos de turno y, en cuanto al clero, pues… ahora anda bastante atareado tratando de reclutar ministros de Dios aunque sean jóvenes sin trabajo, eso sí: que además de las ganas de salir de la inactividad, tengan vocación de servir al Altísimo.
Nuestra Constitución está muy bien ideada, tanto como La Pepa, o más, puesto que fue capaz, en su día, de reconciliar –aún a regañadientes– a los muchos frentes que había en liza. Lo grave es que algunos de sus capítulos fundamentales no se cumplen, y nuestra mal llevada democracia la ha hecho envejecer prematuramente hasta degenerar en un sistema que roza el totalitarismo, al privar a las clases trabajadoras de unos derechos adquiridos con sangre, sudor y lágrimas, como suele decirse. Además, nuestra actual Carta Magna pide a gritos unos cuantos capítulos más, el principal, sería que los corruptos devuelvan hasta el último céntimo robado, si no con dinero, atendiendo a enfermos, arreglando caminos o desbrozando montes. Si la corrupción bajara en nuestro país al 50%, casi saldríamos del atolladero en el que nos encontramos, y si se aplicara la misma vara a las administraciones públicas derrochadoras (que son casi todas) ya ni les cuento.
lunes, 5 de marzo de 2012
El tío Juan
El tío Juan confiesa no ser hombre de letras, ni tampoco de números porque cuando le hablan de millones y del Universo, le entra mareo. Esas cosas tan grandes, tan inabarcables para su naturaleza simple –asegura–, son propias de gente de estudios, y él lo único que estudió fue la forma de vivir de su trabajo con honestidad. Quizás es ese sentimiento, constreñido de ignorancia, el que le lleva cada día a las afueras de la ciudad, donde todavía se pueden apreciar algunos vestigios de lo que fuera la pequeña masía en la que sus padres les sacaron adelante a él y a sus dos hermanas.
Desde el otro lado de la alambrada, el tío Juan contempla con mirada acuosa los escombros de lo que fue la modesta vivienda, amontonados junto a otra pequeña construcción que antaño dio cobijo a la mula, aún se conservan en pie tres de sus paredes y parte del techo. Lo que antes fueron fértiles huertas, ahora lo ocupan pilas de puntales y toda suerte de trebejos comidos por la herrumbre y medio cubiertos por las malas hierbas, todo quedó hace tiempo preparado para construir. Al tío Juan le suena este término paradójico, un contradios, si se tiene en cuenta la desidia, la destrucción en que han convertido su querida huerta y la casa de su niñez y juventud. El esqueleto de una grúa se asemeja al de una descomunal cigüeña y preside el decadente paraje como testigo de la insensatez humana.
El tío Juan hace tiempo que no ve la tele, o apenas le presta atención, le entristecen sobre todo las noticias, porque todo lo que cuentan es malo; no hay trabajo que dé de comer a las clases trabajadoras; la industria, al parecer, ya ha fabricado todo lo que había que fabricar; la minería ha muerto; de la construcción mejor no hablar; la pesca no da para vivir, ni la ganadería, en nuestro país nada es ya rentable. Le viene a la memoria la época de pura subsistencia de su juventud, cuando, más que de lo que se ganaba, se vivía de lo que no se gastaba. Hasta hace nada se hablaba de progreso, globalización Comunidad Europea y, casi sin transición, han pasado a hablar de recortes y estrecheces cuya culminación y alcance real aún no conocemos y el tío Juan, desde su simpleza, se pregunta, en tanto que mira con patetismo su pequeña masía devastada: ¡A dónde coño nos van a llevar los que manejan los hilos de este sistema infame!
En fin –termina diciéndose impotente– seguramente, los que tengan estudios lo sabrán. Seguramente…
martes, 14 de febrero de 2012
Sólo un techo y un jornal
En tiempos de la segunda república española, los proletarios del campo pedían Tierra y Libertad. Eran los ingredientes básicos para mantener el cuerpo y la dignidad del campesino. En la actualidad nadie pide tierra porque sólo sabemos cultivarla un puñado de viejos románticos, que ni siquiera nos paramos a pensar si este trabajo es o no rentable.
Lo que ahora demandan las clases trabajadoras (y lo hacen tan angustiadas como aquellos republicanos) es un techo y un jornal. Lo del jornal está llegando a convertirse en un sueño irrealizable, puesto que los trabajadores preparados para desempeñar cargos de cierta responsabilidad, han de buscar acomodo en el extranjero y el personal de tropa, dispuesto para trabajar pero sin una buena preparación que responda a esas demandas más allá de nuestras fronteras, y que son mayoría, no encuentra un trabajo al que hincarle el diente, por más que se patee polígonos y centros turísticos.
Y en cuanto a tener un techo bajo el que cobijarse, más que sueño se ha convertido en pesadilla, ya que fueron muchas las familias que mordieron el señuelo que les tendía esta sociedad nuestra, dirigida por gobernantes que, más que gobernar, improvisaban (me pregunto, de qué les serviría mantener a esa caterva de asesores). Ahora, una multitud de estas familias se ven sin jornal, en la calle y endeudadas por la hipoteca vitalicia a la que se amarraron cuando nos contaban que España iba bien.
Qué lejos quedó aquello del derecho constitucional a un trabajo y una vivienda dignos, se ha mojado el papel en el que lo escribieron y su contenido anda por los suelos, a aquella hermosa iniciativa sólo puede llamársele un propósito de buenas intenciones, la vivienda, antaño considerada un bien de primera necesidad, desde hace casi dos décadas ha venido degenerando en artículo de lujo y refugio de especuladores. Los gobiernos que han permitido, y hasta fomentado tan disparatada política, PP y PSOE, se han dado cuenta (demasiado tarde) de las nefastas consecuencias de su proceder y no saben por donde meter mano al descalabro en el que estamos inmersos. El expresidente Zapatero, agotado de hacer juegos malabares, respira aliviado al haberse quitado el bulto de encima y a nuestro flamante presidente Rajoy, por más seguridad y contundencia que muestre de fachada para afuera, sabe que tiene una patata caliente en las manos que quema por donde quiera que se la toque, así como que ellos, PP y PSOE, son, sino los únicos, sí los mayores culpables de que el desastre haya alcanzado tal magnitud.
martes, 31 de enero de 2012
Los presuntos
El Pepiño Blanco hierve un cocidito madrileño al que ya se le ven los garbanzos, pero que promete mucho, el tocino y la morcilla están por aparecer. La familia Chávez, en los rescoldos de su virreinato andaluz, también elabora un pastel suculento que dará color y olor (sobre todo olor) a los juzgados y medios de comunicación. Del yernísimo ni les cuento porque ya estamos hasta la corona… coronilla, quería decir. En nuestra comunidad no queda espacio para el tedio porque en torno al expresident Camps se ha mantenido un colosal espectáculo circense que ha culminado, al fin, como el parto de los montes, que tras estruendoso embarazo parieron un ratón. Al igual que los caminos de Dios son inescrutables, los de la Justicia son incomprensibles, pero hay que respetarlos.
Y hablando de nuestro pueblo, Ibi, pues tampoco andamos a la zaga en asuntos de turbulencias contables que terminan recalando en los juzgados en forma de: presunta “caja b”, presunto delito de falsificación documental, blanqueo de capitales, tráfico de influencias y un interminable rosario de acusaciones que se pelotean deportivamente, en el “Poli” ahora enriquecidas con conversaciones grabadas por su gerente, Antonio López, en las que Agüera y el interventor del ayuntamiento, instan a López a que maquille las cuentas de la caja hasta que cuadren con su conveniencia, grabaciones capaces de sacar los colores a un carretero pero, en fin, todo son presunciones, porque el nuestro es un país de presuntos.
Y mientras toneladas de estas presunciones duermen su interminable gestación en las estanterías de los juzgados, los niños en los colegios no entran en calor como no celebren por parejas combates de boxeo y cada vez son más las familias que pueden seguir poniendo la mesa todos los días, pero cada vez con menos cosas para llenar los platos. Son pocos los ayuntamientos y comunidades autónomas que no estén sin un euro y endeudados hasta las cejas, una auténtica lacra social, un descalabro sin precedentes. Unas administraciones han sido derrochadoras, otras corruptas y las más de ellas ambas cosas. Nuestro flamante inquilino de Moncloa ha entrado a sangre y fuego recortándonos hasta los pelos del calandrajo y prometiendo segar todavía más bajo, hasta que se nos junte el ombligo con el espinazo, no digo que la situación no requiera medidas tan drásticas, pero habrá que comenzar a cambiar aquello de que Dios aprieta pero no ahoga por Dios aprieta pero no afloja.
martes, 17 de enero de 2012
Pájaros de papel
Siempre tuve miedo a la oscuridad, me hacía sentirme sola, muy sola. Hasta donde me alcanza la memoria, las pesadillas que robaban mi sosiego me llevaban a un lugar desconocido, sin más compañía que los fantasmas que creaba mi imaginación, atormentada por no sé qué miedos. Entonces acudía mi abuelo Ramiro (me crié sin padres) y me sentaba en la cama, apoyaba las manos en mis hombros y sus labios en mi frente y me susurraba: no tengas miedo, Inés; yo siempre estaré contigo. Me hablaba de que pronto sería navidad y haríamos aquella aldea con su establo, que daba cobijo al recién nacido, custodiado por sus padres, la mula y el buey, el pequeñín que según las profecías, redimiría al mundo de sus egoísmos y codicias, pero que, cuando llegó a ser hombre y Dios, lo asesinaron por combatir la mentira y proteger a los desheredados de la diosa fortuna. El abuelo Ramiro entonces, ante la imposibilidad de contestar mis porqués infantiles, me fabricaba barquitos y pájaros con papel de periódico y me aseguraba que cuando me asaltara la angustia de la soledad, no tenía más que forzar la imaginación y los barquitos me mecerían en un mar tranquilo y los pájaros de papel me llevarían a un mundo hecho de luz y nubes de algodón de azúcar.
Ahora, a punto de cumplir mis noventa años, aprovecho los, cada vez más escasos rayos de lucidez que se escapan por entre las turbulentas nubes de mi demencia, y me pregunto qué sería de aquel niño-dios que nació para erradicar la injusticia del mundo y otra vez, como antaño, me siento sola. Sola y perdida, aquí, en mi humilde cuarto de asilo.
El día se ha escapado por los cerros huyendo de la implacable oscuridad, y llega esa hora fatídica en que la luz del Astro Rey ha muerto y las estrellas todavía no han nacido. Es el momento más temido; imploro desde las tinieblas de mi mente atormentada la presencia del abuelo Ramiro. Ahora vendrá a rescatar a su niña chica de los miedos que la agobian; me cobijará con su presencia impregnada de olor a romero y tabaco de pipa. Apoyará sus recias manos en mis hombros de cristal, sus labios tibios en mi frente de niña y me susurrará al oído: ya estoy contigo, Inés. Mira por la ventana y verás como, hasta en la noche más negra, me encontrarás a mi para protegerte.
Al otro lado del cristal ya puedo contemplar la noche pintada con polvo de estrellas, en tanto que la luz de mi mente languidece. Antes de sumirme en ese pozo sin fondo en el que no sabré quién soy ni dónde me encuentro, he de hallar los barcos y los pájaros de papel que me hacía el abuelo, ellos me rescatarán de mi angustia y me llevarán a mundos de luz y nubes de algodón de azúcar.
Ahora, a punto de cumplir mis noventa años, aprovecho los, cada vez más escasos rayos de lucidez que se escapan por entre las turbulentas nubes de mi demencia, y me pregunto qué sería de aquel niño-dios que nació para erradicar la injusticia del mundo y otra vez, como antaño, me siento sola. Sola y perdida, aquí, en mi humilde cuarto de asilo.
El día se ha escapado por los cerros huyendo de la implacable oscuridad, y llega esa hora fatídica en que la luz del Astro Rey ha muerto y las estrellas todavía no han nacido. Es el momento más temido; imploro desde las tinieblas de mi mente atormentada la presencia del abuelo Ramiro. Ahora vendrá a rescatar a su niña chica de los miedos que la agobian; me cobijará con su presencia impregnada de olor a romero y tabaco de pipa. Apoyará sus recias manos en mis hombros de cristal, sus labios tibios en mi frente de niña y me susurrará al oído: ya estoy contigo, Inés. Mira por la ventana y verás como, hasta en la noche más negra, me encontrarás a mi para protegerte.
Al otro lado del cristal ya puedo contemplar la noche pintada con polvo de estrellas, en tanto que la luz de mi mente languidece. Antes de sumirme en ese pozo sin fondo en el que no sabré quién soy ni dónde me encuentro, he de hallar los barcos y los pájaros de papel que me hacía el abuelo, ellos me rescatarán de mi angustia y me llevarán a mundos de luz y nubes de algodón de azúcar.
FIN
viernes, 30 de diciembre de 2011
Jaleo Real
Si a la Casa Real el primer yernísimo Marichalar le salió rana, el Urdangarín, además de duque, le ha salido batracio. Aunque la prudencia aconseja hablar sólo de presunciones, las evidencias son tan contundentes que nos llevan a pensar que el asunto duque de Palma, Diego Torres e Instituto Nóos, da argumento para otro más de los sucios episodios que hacen historia (triste historia) en esta malhadada España nuestra.
Por más que se diga que tan feo negocio no ha de asociarse con la Casa Real ni deslucir el lustre de tan encumbrada alcurnia, no se pueden negar unas circunstancias que nos llevan, inevitablemente, a la conclusión de que Urdangarín jamás hubiera tenido ocasión de ejercer “oficio” tan rentable si no fuera yerno de quien es, situación que le proporciona una llave que le permite abrir puertas que permanecen cerradas para el común de los mortales. El hecho de que (entre otros) el duque de Palma se quedara con más de 600.000 euros a través de Aizoon, la promotora que comparte con su esposa la Infanta, mediante facturas falsas, ya muestra que a la Casa Real le pasan los tiros muy cerca de la corona.
No es de extrañar el culebrón informativo que se ha montado a costa de este asunto, puesto que a la declaración de intenciones que obra en poder de la Fiscalía Anticorrupción que investiga la denominada operación Babel, no dejan de llegar nuevos informes que destapan operaciones y chanchullos que engrosan tan turbio conglomerado. Este aluvión de noticias da lugar a que surjan voces destempladas que proclaman que los medios y la opinión pública han establecido un juicio paralelo al de los estamentos convencionales contra el duque de Palma y, hasta contra la Casa Real, ha sido violado el secreto de sumario y se han hecho mangas y capirotes de la presunción de inocencia; nada más lejos de la realidad. Las noticias que van llegando a nuestro conocimiento provienen de fuentes fiables y los medios que las publican se guardan de no caer en la gratuidad o difamación como de mearse en la cama, puesto que se están tratando asuntos de extrema gravedad.
Lo que resulta inevitable es que los ciudadanos que formamos la plebe, los que llegamos a fin de mes a rastrapanza, nos encontramos en una situación de indefensión al concluir que quienes tienen poder, nos estrechan con cada uno de sus escándalos un punto más el dogal que nos rodea el cuello.
lunes, 19 de diciembre de 2011
Descansen en paz
Mirar para atrás es conveniente para evitar que la Historia nos aplaste, pero hacerlo con prudencia, de reojo y a través del retrovisor de la memoria, puesto que, si giramos la cabeza al completo perdemos el presente y nos arriesgamos a pegarnos el crismazo padre.
Los viejos de ahora sabemos de la guerra incivil lo que nos contaron nuestros padres cuando la sangre derramada todavía no estaba seca, y de Franco, que era el amo absoluto, no ya de nuestros actos, sino hasta de nuestros pensamientos. Nuestros hijos no conocieron ni la guerra ni a Franco, ni puñetera falta que les hace. Por eso cuando algunos de nuestros políticos, o sectores de nuestra sociedad, pretenden remover el cieno (ellos sabrán con qué fines) y les da por soliviantar tumbas, no puedo evitar sonreír con escepticismo por debajo del colmillo. Creo que el que fue nuestro dueño y señor durante nuestra juventud, se está portando francamente bien desde que le colocaron la cobertera de una tonelada y media. Y no es que tema que vaya a resucitar cuando lo destapen, pero sí podría reavivar viejos escozores, polémicas trasnochadas e inútiles.
Cierto es que ‘El Valle de los Caídos’ está llegando a un estado de deterioro que frisa la pura ruina, pero que precisamente ahora, cuando atravesamos una situación de agobio económico en el que nos están restringiendo hasta el resuello, en el que cada día aumenta el número de familias a las que se les están cerrando todos los caminos para seguir subsistiendo, creo que no es el momento más propicio para plantearse la restauración de lápidas y sepulturas con goteras, ya se podía haber hecho en tiempos de más abundancia o, al menos, haber mantenido esas obras mejor cuidadas.
Quienes allí descansan –mártires, héroes o simplemente víctimas de la sinrazón– tal vez pensarían, si pudieran pensar, que sería más conveniente que nuestros mandamases, si pudieran mandar, se esforzaran en idear fórmulas para que sus nietos y biznietos (de los caídos, quiero decir) no se acostaran cada noche con la angustia de no saber si al día siguiente tendrían algo que echar al puchero.
Los vivos necesitan alimentarse para seguir estándolo y las necesidades de los muertos se cubren con rezarles, si se tiene devoción, recordarlos, respetarlos y sobre todo… dejarlos descansar en paz.
lunes, 12 de diciembre de 2011
Aguas turbias
El agua nos sube a los ibenses un 6’5%. Eso nos queda a los ciudadanos meridianamente claro; no así el porqué, que se nos plantea más espeso que el arrope. En principio, el PP se vio obligado a retirar la inicial propuesta de subida de un 8’8% por falta de apoyos, pero el señor Valls, en un gesto caballeresco, tendió la mano a la alcaldesa, a la sazón sola ante el peligro, lo que dio lugar, tras un cierto regateo con la compañía, a que la subida se quedara en un 6’5%, en vez del 8’8 que se pretendía.
La oposición, formada por PSOE, EU y la abstención de ADIi, esgrimieron que los informes que viene presentando la compañía adjudicataria Aquagest sobre el desglose de gastos, son falsos, hablando incluso, “de presunta estafa”.
Harto difícil resultaría deslindar quienes tienen o no razón en este galimatías que cae en nuestras manos, ya que, lo normal en estos casos, habría sido obligar a Aquagest a presentar sus cuentas claras desde que se detectó la primera anomalía, como se suele hacer con cualquier ciudadano de a pie que, ante el más leve desajuste que roce siquiera las cuentas que hemos de rendir a las administraciones públicas, se nos mira hasta en las costuras de los calzoncillos.
Por otra parte, habría que añadir que Aquagest asegura haber tenido un déficit anual en Ibi de 300.000 euros, un 32% de pérdidas de agua y un gasto de personal de 250.000 euros; a ver quién me amarra esa mosca por el rabo.
Al no haber comenzado la casa por los cimientos, ahora nos topamos con que todo el mundo tiene razón, o no la tiene nadie, vaya usted a saber…
Algo que llama la atención es ese 32% de agua que, según la compañía, se pierde (supongo que se referirán al total extraído de los pozos) y esto sí que supone un derroche tan inútil como imperdonable, dado que el preciado líquido es un bien que no abunda, téngase en cuenta que los acuíferos se desploman inexorablemente, año tras año.
Este asunto, por lo enrevesado de su contenido, no tiene por dónde hincarle el diente, pero hay dos cosas que no admiten duda alguna: las cuentas deben estar claras “como el agua” y el que se pierda casi una tercera parte del bien llamado líquido elemento sin que nadie dé explicaciones de por dónde, ni por qué, tendrían que evitarlo por todos los medios y, de todo esto, el principal responsable es nuestro ayuntamiento. Y no un partido, sino todos.
viernes, 18 de noviembre de 2011
La trampa de la botica
Cuando veíamos entrar al médico a una casa, a los vecinos se nos encendían las luces de alarma, pues sabíamos que la visita del galeno no se debía a un simple resfriado o a un arrechucho del reuma, sino que, en los más de los casos, suponía el preludio de otra visita: la del cura y el sacristán, ataviados y provistos de los aparejos pertinentes para administrar al enfermo los Santos Óleos. Y no es que el servicio de los médicos costase mucho en aquel entonces, es que los campesinos teníamos menos, aunque lo verdaderamente temible, más que el médico y el cura, era la botica, hoy llamada farmacia, que queda como más fino. Si el enfermo no se sanaba o moría en un tiempo razonable y el tratamiento se prolongaba unos meses, la deuda (entonces llamada trampa) acumulada en la botica, podía sumir a una familia en una situación de miseria, una miseria especial dentro de un estado de pura subsistencia; yo conocí a gentes que saldaron las trampas de la botica después de trabajar en la fábrica meses, y hasta años.
Por eso cuando abandonamos el ronzal de la mula y el azadón de destripar terrones para buscar refugio en la industria u otras actividades y nos vimos con una cartilla sanitaria en las manos, pensamos que se nos había aparecido, sino la Virgen, sí algún santo con gran influencia en el Cielo.
Esa seguridad –que además de social yo llamaría Vital– fue mejorando con los años hasta convertirse en un ejemplo a seguir por países que se precian de adelantados, hasta que comenzamos a perder la conciencia del gran logro alcanzado y nos desmelenamos pensando que esto era Jauja, emprendiendo una carrera de despilfarros en la que, en mayor o menor medida, todos nos implicamos. El lema era consumir mucho para fabricar mucho; la industria farmacéutica producía a todo trapo; las farmacias, antaño boticas, hacían su agosto desde enero a diciembre y los médicos (salvando honrosas excepciones) recetaban con asombrosa generosidad, si un enfermo necesitaba un tratamiento de 10 unidades, el producto venía en cajas de 30 y las 20 restantes terminaban –como dice mi amigo y colega V. Sanjuán en su artículo, publicado recientemente– en el cubo de la basura. Las gentes consumían pastillas como si fueran caramelos y abarrotaban los centros de salud como si de casinos gratis se tratase, entorpeciendo la labor de los facultativos y la atención de los que de verdad estaban enfermos, y todo ello con el consentimiento –¿tal vez el beneplácito?– de unos gobernantes descerebrados, convencidos de que el secreto de una economía estaba en consumir.
viernes, 11 de noviembre de 2011
Un dios sin papeles
Son muchas las religiones, o credos, que tenemos en nuestro planeta. Muchas religiones y otros tantos dioses y, para cada religión su dios es el Único, el Verdadero, los demás son de pacotilla y a quienes los adoran se les tilda de infieles. A lo largo de la Historia esta abundancia de dioses fue origen de enfrentamientos sangrientos y de crueles infamias, pero como tales atropellos se cometían en nombre de Dios, del “Verdadero”, según cada religión, pues todo quedaba justificado, es más, suponía un mérito atesorado para entrar en el Reino de los Cielos.
Las cosas han cambiado –tal vez no para mejor– y en tanto que unos siguen actuando con el machete de destripar infieles en la mano y su dios en la mente, los hay que han cambiado el dios místico por el dios práctico: petróleo, territorios u otras riquezas que engrasan las ruedas del poder. Justo es añadir que en las más de las religiones hubo, y hay muchos de sus miembros, ejerciendo su teología en ayudar a los más desheredados de la fortuna, dedicando su vida, y perdiéndola en ocasiones. ¿Quién podría asegurar que estos seres, por su ejemplar comportamiento no merezcan ser elevados al rango de dioses?
Resumiendo: como cada ser racional tenemos el derecho inalienable a adorar al dios que mejor nos plazca, respetando a los dioses de los demás, hasta yo, dentro de mi humildad, hace tiempo que rindo culto a un dios hecho a mi medida, siguiendo los siguientes preceptos: gozar cada latido de mi existencia sin que ello vaya en perjuicio de alguien y, si daño u ofendo que sea por ignorancia y ruego a ese, mi pequeño dios, que me de las suficientes luces para pedir perdón al ofendido, así como resignación y entereza para soportar los malos tragos que la vida me tenga reservados.
Considero pecado muy grave el despilfarro, sobre todo si se trata de tirar comida a la basura o hacer mal uso del agua, teniendo muy presente que muchos seres mueren de hambre por carecer de un puñado de harina, así como muchas mujeres y niños se ven obligados a recorrer grandes distancias bajo un sol de infierno para acarrear un cántaro de agua turbia. Mi pequeño dios se llama Conciencia y se acuesta todas las noches conmigo, siendo un buen compañero de cama que vela mi descanso, o un aguijón que no me permite un instante de sosiego, según haya sido mi comportamiento ese día y, eso sí: no es un dios con brillante biografía milagrera ni me promete la Gloria o me amenaza con el Infierno, tampoco se define como único y verdadero, es un dios… humilde, sin papeles.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Son muchas cosas
Merece ser destacada la actitud impecable de los señores Zapatero, Rajoy y Rubalcaba en sus primeras declaraciones, tras el esperanzador cariz que han tomado las cosas en el País Vasco.
Se ha alcanzado un logro digno de llamarse histórico, para los vascos en particular y para los españoles en general, por más que suenen voces disonantes que pretendan minimizar, y hasta ningunear su trascendencia.
Más de 40 años de terror y 829 familias destrozadas por la sinrazón, suponen tal cantidad de dolor que el tiempo será capaz de suavizar, pero nunca de borrar, aunque ello no es óbice para que pensemos que no es menos importante, los muertos que podemos ahorrarnos en el futuro si las cosas en el País Vasco comienzan a transitar por caminos más civilizados y, creo que por fin, tenemos fundados motivos para pensar que así habrá de ser.
Exponiendo todos los matices y peros que se quiera (que los hay y muchos) no se puede negar que el paso que se acaba de dar puede marcar una línea entre un pasado sangriento e inútil, y un futuro complejo a más no poder, pero en el que las cosas se litiguen por la vía del diálogo y a través de las urnas; que las armas de matar se callen de una maldita vez y que los instintos criminales se entierren en el zulo más profundo.
La sociedad vasca es compleja, cualquier sociedad lo es; pero en aquella tierra existe una raíz nacionalista muy profunda que la hace más compleja todavía.
Quienes no albergamos ese sentimiento separatista porque nuestra nación es el mundo, nuestra patria la tierra que nos da de comer y las fronteras nos causan claustrofobia, no logramos asimilar esa forma de pensar y sentir, pues no se puede entender lo que no se siente; pero creo que tenemos la obligación de respetar esas ideas independentistas, porque, posiblemente, sean tan legítimas y dignas de respeto como cualquier otra, siempre, claro está, que sean defendidas con razones, no con bombas, secuestros y tiros en la nuca.
Por todo ello, el nuevo camino por el que habrán de circular las relaciones entre vascos y Gobierno Central no va a ser un lecho de rosas, puesto que son muchos los vascos que esto de ser españoles se lo toman con el mismo deleite que los niños de mi generación nos tomábamos una tacita de aceite de ricino. Y eso que nuestros mayores nos decían que aquello era mano de santo. Sí, son muchas cosas.
martes, 25 de octubre de 2011
¿Generación perdida?
A la generación nacida en los primeros años de nuestra democracia, tal vez un poco mimada por sus progenitores –entre los que yo me cuento–, se la puede tildar de haber permanecido unos años (quizás demasiados) aletargada, como durmiendo el nirvana producido por un régimen de libertades recién estrenado que les permitía vivir con cierta holgura, si se comparaba con la sociedad de subsistencia en la que se habían visto obligados a vivir sus padres y abuelos. Pero nunca, de generación perdida.
A pesar de la lacra social que supone el que algunos de estos jóvenes hayan salido de su periodo escolar casi tan analfabetos como cuando entraron, hay otros muchos que aprovecharon ese tiempo precioso y hoy son hombres y mujeres instruidos y preparados para enfrentarse a una sociedad que se debate en un caos, en un laberinto al que no se le encuentra salida, al menos, siguiendo los métodos enrarecidos e incongruentes a los que se nos está sometiendo en los últimos tiempos. Nuestro sistema social agoniza. Hiede a muerto. Y lo más grave estriba en que la enfermedad no se limita a nuestro país, con sus desgobiernos, sino que además, es la consecuencia de gravísimos desequilibrios mundiales: una política de mercados en la que prima la economía especulativa sobre la productiva, que hace que los pocos poderosos posean más y los muchos hambrientos pasen más hambre.
Por eso centro mis esperanzas de humanización y equidad en esa generación no perdida, despierta, al fin, a la realidad de nuestro mundo, porque, si hay algo más descorazonador que el abuso de los poderosos, es la pasividad de los oprimidos, sobre todo si son jóvenes. En nuestro país, casi la mitad de esos jóvenes no tienen un trabajo al que agarrarse ni esperanzas de encontrarlo, les ha sonado el despertador junto a la oreja y, a los no tan jóvenes, la esperanza de que algo cambie para mejor. Todo comenzó en el pasado mes de abril con aquellas manifestaciones de Jóvenes sin Futuro, y alcanzó gran protagonismo con los Indignados del 15-M. Cambiar el mundo siempre fue cosa de jóvenes, con el apoyo de los mayores, claro. A través de las redes de Internet, esta conciencia de justicia social se está extendiendo por el mundo como una gota de aceite en un baso de agua, la respuesta masiva en más de 80 países exigiendo Democracia Real así lo acredita. Hay quienes aseguran que nuestro sistema sólo podría regenerarse con una revolución social a fondo. Yo cambiaría lo de revolución por gestión, porque las revoluciones, a lo largo de La Historia, siempre se amasaron con sangre. Luchar sin violencia por un mundo más decente puede ser una utopía, pero yo siempre tuve fe en las utopías.
martes, 18 de octubre de 2011
¿Educación...?
No sé con exactitud si educación para adultos equivale a lo que antaño llamábamos escuelas nocturnas, aquel parcheo escolar para los que habíamos llegado a la edad de nueve o diez años (¡qué mayores, oiga!) y teníamos que trabajar durante el día para ayudar en el sustento familiar ya que aquello de que los críos veníamos a este valle de lágrimas con un pan debajo del brazo, pronto se vio que era un camelo.
Sea como fuere, yo aprendí lo poco que sé en esas escuelas nocturnas (y en los tebeos del Guerrero del antifaz), por eso tras leer en este periódico que en Onil van a suprimir la escuela de adultos por que su ayuntamiento no puede soportar semejante gasto y porque tal enseñanza no resulta productiva, no dejo de devanarme los pocos sesos que creo tener tratando de amarrar esta mosca por el rabo y, se me vienen a las mientes las siguientes preguntas: si las últimas clases nocturnas que yo recibí datan de 1962 y 63 del siglo pasado, en plena dictadura, no parecían suponer tal quebranto económico para nuestras administraciones públicas, habrá que concluir que ahora somos más pobres que en aquellos oscuros tiempos, y, si se ha llegado al convencimiento de que además esta instrucción no resulta rentable, nos lleva a pensar que La Enseñanza, más que para saber dónde queda el río Ebro, sumar seis más nueve o redactar una carta que resulte legible, habrá que encauzarla para las altas finanzas, la sabia especulación o la política de altos vuelos que son valores sólidos y de gran provecho.
En tiempos no muy lejanos, se consideraba que hacer hombres de provecho consistía en inculcarles una buena enseñanza por parte de sus profesores y unos principios de decencia por parte de los profesores, con la imprescindible colaboración de padres y abuelos. En los que nos ha tocado vivir, parece que lo que prima es que hembras y barones adquieran la suficiente sagacidad para conquistar cotas de poder, formar parte de los privilegiados que cortan el bacalao y, si ello no es posible, emparentar o trabar amistad o parentesco con senadores, diputados u otros cargos de lustre, con esto tienen asegurado el presente, y quien sabe si también el futuro; todo induce a pensar que éste, es el camino que habrá que seguir para ser hombres y mujeres de “provecho”. A lo ya conocido me remito: todo mortal que da unos chupetones a las ubres del Erario Público, queda tan reconfortado que después no hay forma humana de despegarlo de la teta de la mamandurria.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
